En el andar periodístico y durante más de 20 años en este oficio, hemos conocido muchas personas y lugares, uno de los lugares más maravillos y únicos es un lugar llamado Hierve el Agua, en el estado de Oxaca, les comparto la crónica de aquella visita; El sol comienza a elevarse sobre las montañas de Oaxaca mientras el autobús serpentea por un camino que parece perderse entre cerros y cañones, finalmente, llego a Hierve el Agua, un sitio que ya desde lejos promete algo único.
Me recibe el aire fresco y la vista de las famosas cascadas petrificadas que descienden como un río congelado desde los acantilados, es difícil de creer que no sean cascadas reales: parecen enormes ríos de agua detenidos en el tiempo, un milagro geológico que me invita a explorar más de cerca.

A medida que camino hacia las pozas naturales, siento la textura seca y crujiente de la tierra bajo mis pies, me detengo un momento y escucho: hay algo especial en el silencio aquí, roto solo por el murmullo del viento y el suave goteo del agua que emerge de los manantiales, me explican que estas aguas, ricas en minerales como carbonato de calcio, son las responsables de las cascadas petrificadas, formadas durante miles de años mientras el agua fluía lentamente, dejando depósitos minerales que se solidificaron en capas.
Al llegar a las pozas, el agua brilla con un tono azul verdoso bajo el sol, no puedo resistir la tentación de tocarla, y descubro que es tibia, alimentada por los manantiales naturales de la zona, estas pozas, me cuentan, no solo son un atractivo turístico sino que también fueron un lugar sagrado para los antiguos zapotecas, para ellos, el agua que surgía de las entrañas de la tierra tenía propiedades curativas y espirituales.

Me siento al borde de una de las pozas, desde donde puedo contemplar el valle que se extiende a mis pies, es un paisaje abrumador: montañas ondulantes, cactus dispersos y un cielo tan claro que parece infinito, imagino a los zapotecas que vivieron aquí hace más de dos mil años, quienes construyeron canales para aprovechar el agua de los manantiales, algunos de esos canales aún son visibles, un testimonio de la habilidad hidráulica de esta civilización.
Después de un rato, decido dar un paseo hacia las cascadas petrificadas, el sendero me lleva más cerca de estas formaciones y puedo apreciar sus detalles: estalagmitas naturales que cuelgan como cortinas rígidas y texturas que parecen dibujar líneas en la roca, me explican que las cascadas son conocidas como “El Anfiteatro” y “La Cascada Chica”, la primera es más grande y cae desde unos 50 metros de altura; la segunda, aunque más pequeña, tiene una forma igualmente impresionante.
De regreso, me detengo un momento a contemplar el contraste entre las pozas vivas y el silencio de las cascadas petrificadas, este lugar es como un puente entre lo efímero y lo eterno: el agua que fluye y la roca que permanece.
Cuando el sol comienza a descender, la luz dorada se refleja en las aguas y en las rocas, creando un espectáculo que es imposible describir con palabras, antes de irme, tomo un último respiro profundo, intentando llevarme conmigo no solo las imágenes, sino también la calma y la magia de Hierve el Agua.












