Ser chipil no es una enfermedad ni un estado pasajero cualquiera, es una forma muy mexicana de decir: “necesito que me apapachen”.

En México, pocas palabras tienen la ternura y la carga emocional de “chipil”, ese término que aparece cuando alguien niño o adulto, necesita un poco más de cariño, comprensión o simplemente un abrazo.

El vocablo tiene su origen en las lenguas indígenas del país, particularmente en el náhuatl y el mixe, donde se relaciona con el comportamiento afectivo y emocional que se manifiesta tras un cambio importante, como el nacimiento de un hermano o la ausencia de una figura cercana, en comunidades del sur de México, aún se usa para describir a los niños que muestran tristeza o celos cuando llega un nuevo integrante a la familia.

Con el paso del tiempo, la palabra chipil se expandió más allá de su sentido infantil y se volvió parte del habla cotidiana de millones de mexicanos, hoy, cualquiera puede estar chipil: un joven que extraña a su pareja, una madre que se siente sola o incluso alguien que, sin motivo aparente, necesita un poco de calor humano.

Psicólogos y antropólogos han señalado que chipil es una expresión profundamente cultural, que refleja el valor que México le da a las emociones y al contacto humano, no existe una traducción exacta al inglés ni a otros idiomas, porque no solo describe un sentimiento, sino una necesidad de afecto, de consuelo, de apapacho.

Decir “ando chipil” es abrir una puerta a la vulnerabilidad, pero también a la empatía, es reconocer que todos, alguna vez, necesitamos ser escuchados, abrazados o simplemente acompañados, en tiempos donde las emociones suelen ocultarse tras pantallas y rutinas, chipil nos recuerda algo esencialmente humano: no hay nada más sanador que un apapacho sincero.