En pleno Festival de las Velas, el presidente municipal Carlos Alberto Manzo Rodríguez fue asesinado en un ataque directo.

Uruapan vuelve a teñirse de sangre. La noche del 1 de noviembre, en pleno Festival de las Velas, el presidente municipal Carlos Alberto Manzo Rodríguez fue asesinado en un ataque directo, pese a que había denunciado públicamente las amenazas del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y exigido, una y otra vez, mayor respaldo de las autoridades federales ante la ola de violencia que asfixia a su municipio.

El crimen no es un hecho aislado, sino un grito desesperado en una tierra donde la violencia se ha vuelto rutina, desde hace 15 años, Uruapan figura entre los cuatro municipios más inseguros de Michoacán, y según datos de la Fiscalía General del Estado (FGE), hasta julio de 2025 alcanzó una tasa de 1,048 delitos por cada 100 mil habitantes, ocupando el tercer lugar estatal en incidencia delictiva, solo por debajo de Charo y Morelia.

Las cifras son demoledoras. En lo que va del año, se han registrado 534 casos de lesiones dolosas, 409 robos de vehículos, 386 amenazas, 224 robos de motocicleta, 206 de narcomenudeo y 104 homicidios dolosos, y si se mira más atrás, el panorama resulta todavía más desolador: 69 mil 285 delitos en los últimos 15 años, con el 2021 como el año más violento, al contabilizar 5 mil 693 casos.

El asesinato de Carlos Manzo simboliza el hartazgo de una sociedad que se siente abandonada, un recordatorio brutal de que gobernar en Michoacán se ha convertido en una sentencia de muerte, pese a las advertencias y las súplicas por ayuda, las respuestas nunca llegaron.

Hoy, la indignación recorre Uruapan, donde el eco de las velas encendidas por el Día de Muertos se confunde con el clamor de justicia por un alcalde que pagó con su vida el atreverse a denunciar lo que todos sabían: que la inseguridad en Michoacán no da tregua, y que el silencio, en esta tierra, también mata.